Desde España, María Andrea Sosa narra cómo la represión, el exilio y la lucha democrática marcan a una generación de venezolanos dispersos por el mundo tras más de dos décadas de dictadura.
Entre el disturbio político y mediático que ha generado la detención de Nicolás Maduro por fuerzas armadas de Estados Unidos, la conversación pública se ha centrado en si el trasfondo responde a una invasión territorial que vulnera los tratados internacionales o a un interés directo en las reservas petroleras de Venezuela. En ese debate se han dejado de lado los reclamos (y también la alegría) de voces que, como la de María Andrea Sosa, celebran lejos de su hogar aquello que durante años salieron a exigir en las calles: libertad.
Desde España, en compañía de su esposa y sus hijos, vive con nostalgia e incertidumbre lo que parece el inicio del fin para una sociedad que ha pasado años sometida a un sentimiento colectivo de miedo. Los venezolanos, dice, son una gran familia dispersa por el mundo, unida por el trauma y por el anhelo de algún día regresar a la tierra que los vio nacer, pero que no les permitió permanecer ni crecer en ella.

Fue en 2002 cuando un paro petrolero obligó a las familias venezolanas a mantener reservas de gasolina en casa. María Andrea no entendía entonces el conflicto del que se derivaba esa medida, pero poco a poco fue normalizando ese tipo de prácticas. “Lo más difícil de pequeño es entender lo que está pasando políticamente”, recuerda.
Con el tiempo incursionó en el activismo a favor de la democratización, sin adscribirse a ningún grupo político. No obstante, empatizó con la ideología de María Corina Machado, a quien acompañó en diversos eventos y en cuya ciudad, Acarigua, dio el discurso de apertura de quien fue elegida democráticamente como vicepresidenta con el 73 % de los votos en las elecciones de 2024.
“El pueblo venezolano ya eligió. Son Edmundo González y María Corina quienes deben tomar el poder. Para llamar a elecciones, se debe cumplir primero el periodo constitucional de cuatro años”, sostiene.

En 2014, cuando se intensificaron las marchas, participó en los movimientos estudiantiles, una experiencia que recuerda como una lucha en absoluta desigualdad de condiciones. Mientras los manifestantes exigían a viva voz un cambio, el gobierno respondía con represión armada, apoyado por grupos no oficiales, la policía y el Ejército.
Incluso intervenían los teléfonos celulares, lo que la obligó a resguardarse en la casa de personas desconocidas en Caracas, quienes de manera solidaria les ofrecieron un espacio seguro para evitar ser detenidos o reprimidos por el gobierno.
Las opciones se habían agotado: salir del país o terminar presa. Ante ese escenario, decidió migrar a España, donde contaba con facilidades para establecerse gracias a la nacionalidad obtenida por su abuela.
“Crecí en un país que me quitó la posibilidad de vivir mi vida al lado de mi familia, donde nunca se me permitió ejercer mi sexualidad con normalidad y tranquilidad”, explica. Entender que nada cambiaba y asumir la incomodidad permanente de vivir bajo ese régimen fue lo que terminó por empujarla a irse.
Vivir lejos transforma el activismo, pero el miedo persiste. No desaparece el temor a no volver a ver a la familia, a que ocurra algo aún más grave, a que la violencia y la represión sigan escalando. Desde el exilio, lo que queda es contar la realidad que viven los ciudadanos: no la que relatan los medios alineados a intereses de cualquier índole, sino la del venezolano de a pie, la del empresario, la de quien tiene a un familiar preso injustamente, la de quienes lo han perdido todo, incluso la vida de un ser querido.

Son testimonios que quien no es venezolano difícilmente comprende: el horror con el que han crecido y la violencia que han aprendido a normalizar. Venezuela es una por dentro y otra muy distinta a los ojos del mundo, un mundo que hoy se preocupa por el petróleo y los recursos naturales, de los cuales sus ciudadanos nunca han visto frutos. Por eso, lo que hoy celebran no es una victoria política, sino algo más elemental: la esperanza de la libertad.
“Venezuela está regada por todos lados. Si no hubiera sido por este régimen, continuaríamos siendo parte de la construcción de un país hermoso. Somos personas muy solidarias; se han perdido personas brillantes que podrían estar ejerciendo en su país, generando empleo”, lamenta.
Para muchos, se trata de un país que por fin siente que recibe respuesta a años de llamados de auxilio. Si bien no es una píldora mágica que resuelva todos los problemas, lo consideran una vía para lograr la salida de un gobierno dictatorial. Aunque resulta difícil saber con certeza qué está ocurriendo, no se pierde el fervor de imaginar a toda la cúpula chavista fuera del poder y enjuiciada. “A los venezolanos nos encantaría verlos presos a todos, pero si se van, con eso es suficiente. Queremos deshacernos de ellos”, expresa.
En ese contexto, resulta fundamental garantizar la libertad de los presos políticos, muchos de los cuales han sido torturados durante años de manera sistemática. La gente cercana a Maduro aún mantiene el control de grupos no oficiales. Al menos 14 periodistas han sido detenidos en los cercos instalados para revisar teléfonos celulares y detectar contenido considerado contrario al gobierno.
“Entiendo que ahora mismo es difícil, porque ellos conservan la presidencia y el control de las Fuerzas Armadas. Sin embargo, deben realizarse elecciones para la Asamblea Nacional, que también está bajo su control, y, una vez restablecido el orden institucional, el poder debe ser entregado a Edmundo González y a María Corina Machado, quienes ganaron las elecciones”, sostiene.

A sus 32 años, María Andrea nunca ha podido participar en un proceso democrático en su país. Nunca le permitieron inscribirse. Recuerda una Venezuela que lleva más de 26 años en lucha. “La dictadura no se acabó con Chávez muriéndose, ni con Maduro en la cárcel. Todavía están sus grandes peones liderando ahí”, afirma.
Su testimonio también funciona como advertencia. Invita a los países que han optado por regímenes similares a reflexionar como ciudadanía y a revisar con atención los ejemplos históricos. “En Venezuela pensamos que íbamos a poder deshacernos de ellos, que nunca nos iba a pasar lo que le pasó a Cuba, por razones geopolíticas y de petróleo. Y nos pasó”.
“Tenemos que dejar el rencor en Latinoamérica. Este tipo de personas toma el poder alimentando el resentimiento del pueblo. En Venezuela, durante muchos años, hubo mucho rencor”, concluye.
Hoy, su mayor anhelo es que sus hijos conozcan su país, que puedan pasar una Navidad en familia, que entren y salgan libremente, y que la comunidad internacional comprenda por lo que han pasado, el dolor que los atraviesa, y se sume a la defensa de la libertad de un país que lleva años sometido a una dictadura.





