El Comité Olímpico Internacional anunció un giro histórico en su política deportiva al reintroducir los test de sexo para las atletas que deseen competir en categoría femenina a partir de los Juegos Olímpicos de 2028 en Los Ángeles.
La medida, impulsada por su presidenta Kirsty Coventry, obliga a las deportistas a demostrar la ausencia del cromosoma Y mediante una prueba genética tipo PCR SRY, que podrá realizarse con muestras de saliva, sangre o mucosa bucal y que, según el organismo, se aplicará una sola vez en la vida.
La normativa impactará directamente a atletas transgénero y a aquellas con variaciones en las características sexuales (DSD), es decir, mujeres que fueron asignadas como tales al nacer pero que presentan cromosomas masculinos o niveles hormonales distintos.
Casos emblemáticos como el de Caster Semenya o Imane Khelif quedarían fuera de la categoría femenina bajo estos nuevos criterios, salvo excepciones específicas como el síndrome de insensibilidad a los andrógenos (CAIS), donde no existe ventaja competitiva asociada a la testosterona.
Coventry defendió la decisión al señalar que se basa en evidencia científica y en la necesidad de garantizar condiciones equitativas en el deporte:
“El sexo biológico proporciona ventajas de rendimiento en disciplinas que dependen de la fuerza, la potencia o la resistencia. Es necesario proteger la categoría femenina”, afirmó.
El documento aprobado —titulado Política sobre la protección de la categoría femenina en el deporte olímpico— marca un cambio radical respecto a la postura previa del COI, que priorizaba la inclusión y permitía a las federaciones establecer sus propios criterios.
La medida ha generado controversia. Especialistas y atletas consideran que el enfoque simplifica la complejidad biológica del sexo y mezcla criterios científicos con presiones políticas.
La investigadora española María José Martínez Patiño, quien vivió en carne propia los controles de sexo en los años 80, reconoció avances en la discusión, pero cuestionó que se establezca como dogma la división estricta entre sexos basada únicamente en cromosomas.
Por su parte, la científica y atleta trans Joana Harper consideró que la decisión responde más a un contexto político global que a evidencia concluyente, señalando el endurecimiento de posturas en países como Estados Unidos y Reino Unido frente a la participación de mujeres trans en el deporte.
La decisión del COI reabre una discusión global sobre los límites entre inclusión, equidad y biología en el deporte de alto rendimiento. Mientras el organismo insiste en que busca proteger la categoría femenina, críticos advierten que la medida podría derivar en exclusión y discriminación.
Con este cambio, el olimpismo redefine las reglas del juego en uno de los debates más sensibles del deporte contemporáneo, cuyo impacto se verá reflejado en Los Ángeles 2028 y en las futuras generaciones de atletas.





