Ser madres tras las rejas: lo que cambia, lo que duele y lo que permanece

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Entre rutinas marcadas por el encierro, llamadas que sostienen vínculos y un bebé que crece dentro de un penal, Alicia y Clarissa construyen su maternidad desde la ausencia y la presencia, enfrentando culpas, miedos y aprendizajes que redefinen lo que significa ser madre.

El día comienza distinto cuando se es madre en prisión, pero no por eso deja de comenzar con lo esencial. Para Clarissa N., cada mañana inicia con un gesto que podría parecer cotidiano en cualquier otro lugar: revisar el pañal de su hija, cargarla, alimentarla, observarla. Milagros tiene apenas cuatro meses y su mundo se reduce, por ahora, a dormir, comer y aferrarse al cuerpo de su madre. Pero el entorno que la rodea no es el habitual para una recién nacida, y Clarissa lo sabe con una claridad que pesa. “Siento que no es un lugar para ella”, dice, sin rodeos. Aun así, su maternidad se construye en ese mismo espacio: entre paredes que no eligió, pero en las que ha tenido que aprender a ser madre desde el primer día.

Su vínculo con Milagros es inmediato, físico, profundamente dependiente. La bebé llora cuando no la ve, la busca, la necesita. Y en esa necesidad constante, Clarissa también se reconstruye. Antes, admite, no pensaba demasiado en las consecuencias de sus decisiones. Hoy, cada acción pasa por el filtro de su hija. La preocupación ya no es solo sobrevivir el encierro, sino protegerla: de enfermedades, de carencias, de un entorno que considera limitado para su desarrollo. Le inquieta cuando se enferma, cuando su cuerpo pequeño reacciona a las condiciones del lugar. Pero también le preocupa el futuro: qué pasará cuando salgan, cómo se adaptará a un mundo que no conoce, cómo enfrentará la convivencia con otros niños, con espacios abiertos, con una realidad que le será completamente nueva.

Aun así, en medio de esas preocupaciones, Clarissa encuentra sentido. Su hija no solo le da compañía; le da dirección. “Ya pienso más las cosas”, reconoce. La maternidad, en su caso, no es solo un vínculo afectivo, sino un punto de inflexión. Un antes y un después. Su mayor deseo es claro: que Milagros no repita sus errores, que tenga una vida distinta, que encuentre oportunidades que ella no tuvo o no supo aprovechar. Y desde donde está, intenta construir ese camino a través del ejemplo, aunque ese ejemplo se geste en condiciones adversas.

Para Alicia N., la maternidad tomó otro rumbo. Lleva ocho años privada de la libertad y su experiencia como madre se ha desarrollado, casi en su totalidad, desde la distancia. Cuando ingresó al penal, su hija tenía 15 años, una edad atravesada por cambios, rebeldía e incertidumbre. Hoy, esa adolescente está por terminar la universidad. Entre ambas no hay contacto físico constante, pero sí una comunicación que Alicia ha convertido en innegociable. “Aunque sea tres minutos, todos los días”, dice. Esa insistencia, que podría parecer mínima, es en realidad el hilo que ha sostenido su relación.

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Ser madre sin estar presente implica otro tipo de desafíos. Alicia tuvo que aprender a ejercer autoridad sin cercanía física, a acompañar decisiones sin poder intervenir directamente, a orientar sin imponer. En ese proceso, enfrentó también los cuestionamientos de su hija, quien en algún momento le reclamó la contradicción de poner límites desde un lugar donde ella misma había perdido el control de su vida. Lejos de evadir ese señalamiento, Alicia lo convirtió en una herramienta. Desde su experiencia, comenzó a hablarle de consecuencias, de responsabilidad, de lo que implica tomar decisiones sin medir sus efectos.

La maternidad, para ella, dejó de ser una serie de responsabilidades prácticas y se convirtió en un ejercicio constante de conciencia. “Aquí aprendí a valorar el vínculo”, explica. Entendió que ser madre no se limita a cumplir con tareas, sino a sostener una presencia emocional, incluso en la ausencia. Y en ese aprendizaje también hubo dolor. El más grande, dice, es la separación. Saber que su hija crece lejos, que enfrenta el mundo sin ella cerca, que toma decisiones sin su acompañamiento directo.

Sin embargo, en medio de esa distancia, algo se fortaleció. La relación que antes era tensa, marcada por la rebeldía propia de la adolescencia, se transformó en un vínculo más sólido. Conversan sobre la escuela, sobre sus aspiraciones, sobre sus dificultades. Alicia estuvo presente, incluso desde el encierro, cuando su hija no logró ingresar a la universidad en su primer intento. La impulsó a insistir, a no rendirse, a volver a intentarlo. Hoy, esa misma hija proyecta un futuro profesional, habla de seguir estudiando, de crecer.

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Ambas maternidades, aunque opuestas en forma, comparten una misma raíz: la conciencia de que sus decisiones tienen eco en la vida de sus hijas. Clarissa lo vive en cada gesto cotidiano, en cada cuidado, en cada temor inmediato. Alicia lo enfrenta desde la reflexión, desde la palabra, desde la guía a distancia. Las dos cargan con la culpa, con el cuestionamiento interno, con la necesidad de hacer las cosas distinto a partir de ahora.

En el Centro de Reinserción Social de San Luis Potosí, donde la mayoría de las mujeres son madres, estas historias no son excepcionales, pero sí profundamente humanas. Hay hijos que viven dentro, otros que crecen afuera, todos atravesados por una misma realidad: la maternidad en condiciones que rompen con lo esperado.

Alicia y Clarissa no niegan su contexto. Tampoco lo justifican. Lo habitan. Y desde ahí, intentan construir algo distinto para sus hijas. No desde la perfección, sino desde el aprendizaje. No desde el ideal, sino desde la experiencia.

Porque ser madre, incluso tras las rejas, no deja de ser un acto constante de reconstrucción.

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