Buscar a uno, sostener a todos: la maternidad que se resiste en la desaparición

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En San Luis Potosí, madres buscadoras enfrentan una doble herida: la ausencia de quienes desaparecieron y la distancia con quienes aún están. Entre brigadas, desgaste y lucha colectiva, su maternidad se transforma en resistencia.

Hay una pregunta que atraviesa a las madres buscadoras, aunque pocas veces se formule de manera directa: ¿cómo se sigue siendo madre cuando uno de tus hijos desaparece y los otros siguen ahí, esperando? En San Luis Potosí, la respuesta no es simple ni se construye de una sola forma. Es una maternidad que se fragmenta, que se adapta, que se estira hasta donde alcanza, sostenida por la urgencia, el dolor y una búsqueda que no da tregua. 

Desde 2017, la asociación Voz y Dignidad por los Nuestros ha acompañado a más de 500 familias en el estado, una red que nació de la necesidad ante la ausencia de respuestas institucionales y que hoy funciona como un espacio de organización, resistencia y acompañamiento para quienes buscan a sus desaparecidos, muchas veces llegando antes que las autoridades a los sitios donde hay indicios, aprendiendo a reconocer restos humanos, huesos, ropa, cualquier rastro que permita reconstruir lo que se perdió.

Edith Pérez Rodríguez no eligió este camino. En 2012, la desaparición de sus hijos José Arturo y Alexis, de 20 y 16 años, fracturó su vida y redefinió su maternidad. En casa quedó su hija menor, de 13 años, y con ella una realidad que pronto se volvió imposible de sostener en equilibrio. La búsqueda ocupó todo: el tiempo, la energía, la mente. 

Durante meses, incluso años, la prioridad fue encontrar a los que faltaban, tocar puertas, insistir, enfrentarse a la indiferencia institucional, aprender a moverse en un terreno que nunca debió conocer. En ese proceso, reconoce, dejó de ver a quien seguía ahí. No por falta de amor, sino por una urgencia que lo devora todo. “Me olvidé de que tenía una hija”, dice, y en esa frase se condensa una de las heridas más profundas de la desaparición: las que no son visibles, las que se quedan en quienes no desaparecieron, pero viven la ausencia de otra forma. 

Fue tiempo después cuando entendió que su hija también necesitaba ser mirada, acompañada, escuchada, que también cargaba con el impacto de lo ocurrido, con un dolor distinto pero igual de real, con una ausencia que no solo era la de sus hermanos, sino la de una madre emocionalmente fragmentada.

Guadalupe Mendiola Acosta transita una experiencia distinta, pero atravesada por la misma lógica de ruptura. Su hermano desapareció en 2012, después de que la familia pagara un rescate que nunca garantizó su regreso. El miedo fue lo primero: encerrarse, callar, creer que cualquier movimiento podía poner en riesgo a los demás. 

Después vino la transformación, la pérdida progresiva del miedo y la decisión de buscar, primero por él y luego por los demás. Con el tiempo, su papel dentro del colectivo se volvió central, acompañando a otras familias, gestionando procesos, enfrentando autoridades, construyendo redes. En medio de todo eso, su vida personal y su maternidad tuvieron que reconfigurarse. 

Ser madre, en ese contexto, implica convivir con una dualidad constante: estar presente para los hijos y, al mismo tiempo, vivir atravesada por la ausencia de quien no está, por la necesidad de salir, de buscar, de no detenerse. No es una elección que se toma una vez, es una decisión que se repite todos los días, en cada salida, en cada jornada, en cada momento en que la búsqueda se impone sobre lo cotidiano.

Porque buscar no es solo un acto simbólico. Es una actividad física, emocional y mentalmente desgastante que implica seguir pistas, atender denuncias anónimas, acudir a lugares donde puede haber riesgo, donde hay presencia de grupos delictivos, donde la violencia no es una posibilidad lejana sino una amenaza latente. Es también enfrentarse a la falta de recursos, a la lentitud institucional, a las negativas constantes, a un sistema que no se da abasto para registrar, investigar y dar seguimiento a los casos. 

En México, más de 132 mil personas están desaparecidas, y en San Luis Potosí tan solo en 2025 se abrieron mil 500 carpetas de investigación por este delito, cifras que no alcanzan a dimensionar la magnitud del problema ni el impacto real en las familias. Porque la desaparición no es solo la ausencia de una persona, es un proceso que desestructura todo lo que toca: la economía, la salud, las relaciones, la vida cotidiana.

 Mujeres que venden sus pertenencias para poder financiar búsquedas, que enferman por el desgaste, que cargan con un estrés constante que se manifiesta en el cuerpo, en la mente, en la forma de relacionarse con los demás. Hijos que crecen con miedo, con ansiedad, con retraimiento, marcados por una experiencia que no eligieron y que tampoco han podido procesar.

En ese contexto, la maternidad deja de ser un espacio estable para convertirse en un terreno en tensión. No se abandona, pero se transforma. No desaparece, pero se fragmenta. Las propias buscadoras lo nombran: no son solo madres que buscan a sus hijos, son madres que, al buscar a un esposo, a un hermano, a un familiar, terminan desatendiendo lo que socialmente se espera de ellas como madres. 

Y en esa tensión aparece la culpa, el cuestionamiento, el desgaste emocional de no poder estar en todos los lugares al mismo tiempo, de no poder responder a todas las necesidades, de saberse insuficientes frente a una realidad que las rebasa. Sin embargo, ninguna plantea la posibilidad de detenerse. No porque no exista el cansancio, sino porque saben que si ellas no lo hacen, nadie más lo hará. 

La búsqueda se convierte entonces en una extensión de la maternidad, en una forma de cuidado que trasciende lo individual y se vuelve colectiva, en un acto de amor que no se limita a sus propios hijos, sino que se expande hacia los de otras familias.

Entre ellas se sostienen. Se acompañan, se cuidan, se organizan, se alertan sobre riesgos, se contienen emocionalmente en un entorno donde el acompañamiento institucional es prácticamente inexistente.

 No hay especialistas suficientes, no hay procesos claros para atender el duelo prolongado, no hay estructuras que les permitan procesar lo que viven. Lo que existe es la red que ellas mismas han construido, una red que funciona como soporte emocional, como espacio de desahogo, como mecanismo de supervivencia. Se llaman, se vigilan, se esperan, se corrigen, se protegen. Porque entienden que su seguridad también es parte de la búsqueda, que si algo les pasa, la cadena se rompe.

Aun así, el costo es alto. Mientras buscan a quienes faltan, algo en ellas también se va perdiendo: el tiempo con sus otros hijos, el cuidado de su propia salud, la posibilidad de una vida sin sobresaltos. La maternidad, lejos de desaparecer, se vuelve más compleja, más exigente, más dolorosa. Se sostiene en medio de la ausencia, del desgaste, de la incertidumbre. 

Y en medio de todo, queda una pregunta que no encuentra respuesta clara, pero que define el fondo de esta historia: ellas buscan a los desaparecidos, pero ¿quién está buscando el bienestar de ellas?

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