La guerra desatada tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán el pasado 28 de febrero ha dejado una estela de destrucción y miles de víctimas civiles, muchas de ellas sin rostro ni historia en los registros oficiales.
Entre ellas está Soma Salimi, psicoterapeuta infantil que decidió permanecer en Teherán para no abandonar a sus pacientes ni separarse de su esposo. El 9 de marzo, un bombardeo destruyó el edificio donde vivía en el distrito de Resalat. Su madre esperó dos semanas para recuperar restos que pudieran ser enterrados.
Su historia, rescatada por su amiga Arina Moradi, voluntaria de la organización de derechos humanos Hengaw, es apenas una entre más de 3,000 muertes registradas en seis semanas de conflicto.
Aunque actualmente existe una frágil pausa de 15 días en los ataques, a la espera de negociaciones en Pakistán, el alto el fuego no ha detenido la tragedia acumulada. En paralelo, los bombardeos continúan en otras zonas como Líbano, ampliando el impacto regional.
Organizaciones como HRANA documentan al menos 1,701 civiles muertos, entre ellos 254 menores de edad, además de más de mil bajas militares y cientos de víctimas aún sin clasificar. Las cifras reflejan una constante: la población civil ha quedado atrapada en medio de ataques que no distinguen objetivos con precisión.
Casos como el de Parastesh Dahaghin, farmacéutica que murió mientras trabajaba atendiendo a heridos, o Berivan Molani, una joven de 22 años que falleció en su habitación tras un bombardeo dirigido contra un funcionario iraní, evidencian el impacto directo en la vida cotidiana.
En una ciudad como Teherán, con cerca de 10 millones de habitantes, la densidad poblacional ha amplificado los efectos de los ataques. La ausencia de sistemas de alerta efectivos, refugios o protocolos de evacuación ha dejado a la población en total vulnerabilidad.
“Te quedas en casa, escuchando explosiones, sin saber qué hacer. Te sientes completamente solo”, describe Moradi, quien también documentó la muerte de Shayan Mam Salimi, un adolescente de 15 años que hablaba en redes sociales sobre su futuro antes de morir en un bombardeo en Bukan.
Historias como la de Mitra Jalilavi, quien murió junto a su esposo e hijo a días de dar a luz, o la de dos niñas que fallecieron en un ataque contra una escuela en Lamerd, muestran que el costo de la guerra se mide también en proyectos de vida truncados.
El discurso oficial en torno al conflicto ha estado marcado por un tono belicista. Desde Washington, figuras como Donald Trump y el secretario de Defensa Pete Hegseth han defendido la ofensiva con argumentos de seguridad y fuerza militar, mientras que en el terreno, los testimonios apuntan a una realidad distinta: la de civiles que mueren mientras trabajan, estudian o intentan sobrevivir.
Hoy, en medio de una pausa incierta, miles de familias siguen buscando a sus muertos entre los escombros. Y mientras las negociaciones avanzan en el plano diplomático, las historias de quienes quedaron en medio del conflicto continúan acumulándose, muchas de ellas sin ser contadas.





