En una industria dominada por la producción masiva y la deslocalización hacia mercados con menores costos, una fábrica ubicada en Flimby, un pueblo de apenas 2 mil habitantes frente al mar de Irlanda, mantiene una forma distinta de fabricar zapatillas.
Desde 1982, esta localidad de la región de Cumbria alberga la factoría donde nacen algunos de los modelos más emblemáticos de la colección Made in UK de New Balance, una línea que combina procesos artesanales, materiales de alta gama y tecnología aplicada a la producción.
Actualmente, la fábrica emplea a 210 personas y produce alrededor de 28 mil pares de zapatillas cada semana. Entre sus modelos más reconocidos se encuentran las New Balance 991, en sus versiones v1 y v2; las 1500 y las Allerdale.
Cada uno mantiene una estética vinculada con la historia de la marca y con la propia región donde se fabrica. La Allerdale Dark Brown, por ejemplo, utiliza cuero marrón de grano completo y recupera elementos de las botas para caminar de los años ochenta. Sus tonos buscan evocar el paisaje de Cumbria.
Uno de los modelos más emblemáticos producidos en Flimby es el New Balance 1500. Lanzado originalmente en 1989 como una zapatilla para correr, comenzó a fabricarse en Estados Unidos antes de trasladar parte de su producción a la planta británica.
La importancia de la fábrica trasciende el mercado local. Cerca del 90 por ciento de las zapatillas elaboradas en Flimby se comercializa en Europa, mientras que cada nueva reinterpretación de los modelos clásicos genera interés en ciudades como Londres, Nueva York y Tokio.
La producción se basa en un concepto que la compañía denomina modern craftsmanship o artesanía moderna. La idea consiste en conservar técnicas tradicionales de fabricación mientras se incorporan herramientas tecnológicas para mejorar la precisión, reducir desperdicios y aumentar la seguridad de los trabajadores.
Antes de iniciar la producción, las pieles pasan por controles para comprobar su color, grosor y peso. Los cortes continúan realizándose de manera manual, aunque ahora se utilizan máquinas capaces de detectar defectos en el material para evitar esas zonas y reducir el desperdicio.
La tecnología también ha sustituido algunos de los movimientos repetitivos que anteriormente podían provocar lesiones entre los trabajadores. Brazos robóticos realizan parte de estas tareas, mientras que los empleados mantienen el control sobre los procesos que requieren mayor precisión.
El director de la factoría, Dan Holtby, asegura que el procedimiento básico para fabricar una zapatilla no ha cambiado demasiado durante las últimas tres o cuatro décadas. La elaboración de la horma, el corte de los materiales y la construcción de cada pieza siguen dependiendo en buena medida del trabajo artesanal.
En el caso del modelo 991v1, la zapatilla adquiere su forma a una temperatura de 79 grados. Durante el proceso, el trabajo humano y la automatización se complementan: una persona aplica el pegamento, un robot coloca algunas piezas y posteriormente los trabajadores revisan y corrigen cada detalle.
El lijado representa una de las etapas más delicadas. Aunque una máquina realiza parte del trabajo, cada pieza es revisada y rectificada manualmente. Lo mismo ocurre con las costuras, fundamentales para garantizar que todos los componentes encajen correctamente.
La fase final es casi completamente manual. Los trabajadores lijan los bordes, colocan los cordones y cortan uno por uno los hilos sobrantes. Antes de salir al mercado, cada par pasa por una segunda revisión de calidad.
La fábrica también conserva una estrecha relación con la comunidad de Flimby. Entre sus trabajadores existen familias completas, con padres, hijos, hermanos, tíos y sobrinos que han aprendido y transmitido las técnicas de fabricación durante generaciones.
Esa combinación entre comunidad, tradición y tecnología se ha convertido en uno de los principales valores de la colección Made in UK. Frente a una industria que constantemente cambia modelos y acelera los ciclos de consumo, la planta apuesta por zapatillas diseñadas para mantenerse durante años.
Para New Balance, la ubicación también forma parte de la identidad del producto. Las campañas de la línea Made in UK suelen aprovechar los paisajes de Cumbria, sus colinas y hasta sus ovejas para reforzar el origen británico de los modelos.
En Flimby, el sello Made in UK representa algo más que el país donde se ensambla una zapatilla. Es una apuesta por conservar técnicas de fabricación, empleos locales y una comunidad que durante más de cuatro décadas ha construido algunos de los modelos más reconocidos de New Balance.





