jueves, febrero 26, 2026

Labastida recuerda los inicios del Cártel de Sinaloa

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“Los narcos los están escuchando”, le dijo un agente del Mossad cuando iba a gobernar Sinaloa. Ahora rememora atentados, presiones, crímenes. Una amenaza de muerte lo exilió en Portugal.

La primera señal para Francisco Labastida de que hacía campaña política en los territorios del recién nacido Cártel de Sinaloa estuvo acompañada de un escupitajo de balas.

Era el verano de 1986 y el secretario de Energía con licencia en el sexenio del presidente Miguel de la Madrid estaba en Culiacán en busca de votos cuando cerca de las 07:00 horas un integrante de su equipo interrumpió un evento público para entregarle en una nota escrita a mano: «señor, su vehículo fue rafagueado».

Horas antes, el aspirante a gobernador de 44 años había salido de la colonia La Primavera, donde su partido, el PRI, le rentaba una casa de campaña. El inmueble no tenía cochera, así que Labastida estacionaba en la calle su Volkswagen Corsar, un sedán popular que se parecía a muchos otros en la ciudad, pero que alguien reconoció y perforó con más de 30 tiros. Un típico mensaje mafioso.

“A los minutos me habló Toño Toledo, quien era gobernador, y me dijo ‘acaban de balear tu coche’. Le dije que sí, que ya me había enterado. Me respondió que, si me parecía bien, mandaba a recogerlo y hablaba con la prensa para que no trascendiera, ‘porque no me haría bien la noticia’. Yo le dije ‘Toño, yo soy candidato, yo no soy el responsable de la seguridad de este estado’”, recuerda Labastida a 38 años de esa balacera que se intentó mantener oculta a los medios.
“Le dije ‘yo acepto porque te conviene a ti, siempre y cuando haya un compromiso serio de tu parte de que van a detener a esta gente’. Me dijo que no me preocupara, pero seguí: ‘Toño, el director de la Policía Judicial está al servicio del narcotráfico. Tu policía está metida con el narcotráfico. No te hagas pendejo”.

Aquel fue el primer atentado en la vida de Labastida. Vendrán más, tantos que el priista deberá abandonar el país. Pero eso él todavía no lo sabe, como tampoco se ha enterado que esa mañana su trayectoria política se cruzó inevitablemente con otro sinaloense que, aunque es ocho años menor que él, es igual de influyente localmente, pero menos conocido a nivel nacional: un tal Ismael El Mayo Zambada, un discreto narcotraficante que pretendía pasar el resto de su vida como el poder real detrás de todos los gobernadores de su tierra.

“Pasaron unas tres o cuatro horas y me vino a ver mi jefe de seguridad. Me dijo ‘oiga, llegó un transportista y me dijo que traía un recado de Los Jefes. No dijo nombres, sólo dijo Los Jefes”, cuenta Labastida, echado para adelante en sus oficinas en Lomas de Chapultepec. “Y yo sabía a lo que se refería”.
Medio año después, el 1 de enero de 1987, el priista se convirtió en el nonagésimo octavo gobernador de Sinaloa, pero el primero en la era del cártel de Sinaloa, que para ese año había resurgido de las cenizas del cártel de Guadalajara.

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