- ¿Es el fin de los grandes capos?
- La criminóloga Carla Monroy advierte riesgos de fragmentación, violencia focalizada y mayor sofisticación tecnológica del crimen organizado
La detención de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), marca un punto de inflexión en la estructura de una de las organizaciones criminales más poderosas del país. Así lo señala en entrevista para “Ingrata Noticia” la doctora Carla Monroy Ojeda, investigadora de la Facultad de Derecho “Abogado Ponciano Arriaga Leija” de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP), quien cuenta con estudios de licenciatura, maestría y doctorado en Criminología por la Universidad Autónoma de Nuevo León.
¿Qué implica la “decapitación” de una estructura tan vertical como el CJNG?
De los eventos ocurridos este pasado domingo (22 de febrero), evidentemente drásticos y relevantes para la transición hacia una nueva forma de ver y percibir la organización de estos cárteles, sobre todo del Cártel Jalisco Nueva Generación.
Es relevante la caída de “El Mencho” en el sentido de que, desde 2010, cuando se forma la organización, es la primera vez que se quedan sin el líder de toda la estructura. Entonces, evidentemente, esto genera rupturas y distintas hipótesis sobre hacia dónde pueda transitar, sobre todo en cuanto a los sucesores o el sucesor y la visión que éste traiga. De las diversas hipótesis que se puedan generar al respecto, se esperaría conocer cuál será ese porvenir.
Ahora, por ejemplo, en estos días se percibía un riesgo latente, en el sentido de cómo podrían presentarse nuevos ataques, nuevos enfrentamientos o nuevos eventos de violencia como consecuencia de estos hechos. Entonces, sí nos deja en esta coyuntura, sobre todo respecto al rumbo que pueda marcar la violencia en el corto plazo.
¿Cómo se explican los “narcobloqueos” inmediatos desde la teoría del control social?
Evidentemente, los narcobloqueos son una forma de ejercicio de presión y de control. Dentro del marco de la teoría del control social, pueden entenderse como una forma de ejercicio del terror, no necesariamente de terrorismo, porque el terrorismo implica una ideología, y aquí no existe como tal una ideología definida, sino un ejercicio de control sobre el espacio geográfico, sobre las instituciones, sobre la sociedad y sobre el caos mismo.
Una cuestión interesante es que, al analizar la forma de operar y la naturaleza del Cártel Jalisco, se ha señalado que es un cártel altamente mediático. Se posiciona y mantiene un lenguaje mediático; sabe colocarse desde ese discurso frente a la población y, desde ahí, operar a manera de control psicológico. Sí, es una organización sanguinaria y ejerce la fuerza, pero también sabe que operando desde ese imaginario —como aparato ideológico— tiene mucha mayor presencia e impacto sobre la población en general.
Aquí surge también un tema importante cuando se comparten, por ejemplo, fake news o noticias sin verificar: en cierta medida, se le hace el trabajo al propio cártel al reproducir ese aspecto de terror en la población. Si bien existía un caos evidente, este se potencializa al hacerlo mediático y al compartirlo sin filtro.
Asimismo, cabe otra pregunta: ¿quién, ¿cómo y para qué se generan este tipo de fake news? En ese sentido, los narcobloqueos funcionan como un ejercicio de control, de recuperación de poder simbólico y de presión ante la captura o caída de su líder.
Tras la caída de grandes capos, suele ocurrir una dispersión del poder. ¿Qué riesgos implica que el CJNG se divida en facciones locales más violentas y menos controlables?
Algo interesante aquí con el cártel es que, evidentemente, es la organización con mayor presencia y control sobre el territorio nacional. No fue casualidad que en 20 estados se generara algún tipo de reacción.
Ahorita, por ejemplo, una de las grandes dudas es el tema con Sinaloa. En muchos estados manejan alianzas; en otros, mantienen disputas abiertas, como sucede en Guanajuato con el Cártel de Santa Rosa de Lima, donde sí existe un conflicto directo.
Parte de las hipótesis que aún están por verse y comprobarse es cómo se daría una eventual escisión: si esta fragmentación representaría una vulnerabilidad que los grupos contrarios puedan aprovechar para debilitar al cártel, o si, por el contrario, lograrán reponerse a esta pérdida y mantener el control.
Sabemos que el ejercicio de dominio de un grupo sobre otros es, en sí mismo, desgastante. Nadie puede mantener el control absoluto indefinidamente; siempre llega un momento de declive.
Este evento también fortalece la legitimidad institucional. Me parece que fue un mensaje importante por parte del Gobierno Federal, así como un ejercicio de legitimación de la Guardia Nacional y del Ejército Mexicano en cuanto a la forma de llevar a cabo el operativo. Evidentemente, siempre habrá críticas, pero hasta el momento no se han reportado bajas civiles. Al menos públicamente, no se ha observado una reacción en cadena; ha pasado una semana y no ha habido réplicas significativas, lo cual puede considerarse positivo.
Lo que sí debe mantenerse es una postura crítica y cautelosa. Si bien puede haber acciones reactivas necesarias, nunca deben desatenderse las acciones preventivas.
Algo que se criticó mucho durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador fue la estrategia de “abrazos, no balazos”. Personalmente, considero que la frase fue malinterpretada. No se trata de renunciar a la acción reactiva, sino de darle mayor peso a lo preventivo sobre lo reactivo. Veníamos de la llamada guerra contra el narcotráfico durante el gobierno de Felipe Calderón, donde predominó la respuesta reactiva por encima de la prevención.
Por ello, no deben dejarse de lado las acciones preventivas que distintos sexenios han intentado impulsar. Es fundamental mantenernos críticos y cautelosos sobre cómo se desarrollarán las estrategias futuras, siempre en el marco de la legitimidad, el respeto a los derechos humanos y el debido proceso.
Porque algo que también debe defenderse es que restar derechos a los victimarios no necesariamente se los devuelve a las víctimas. Lo que se busca es fortalecer las instituciones, los procesos democráticos, la transparencia y la justicia.
¿Este evento fortalece la legitimidad de las instituciones de seguridad o es visto por la población como un catalizador de mayor inseguridad a corto plazo?
Este punto sobre si es visto como un catalizador de mayor inseguridad a corto plazo es delicado. Evidentemente, hubo una reacción derivada de un plan estratégico enfocado en detener a “El Mencho” en concreto.
Sin embargo, la pregunta ahora es: ¿cuáles son las estrategias a mediano y largo plazo para evitar que esta situación se dispare? Otro factor sumamente importante para entender cómo pueden cumplirse las distintas hipótesis es el papel y la presencia de Estados Unidos.
Estados Unidos tiene una responsabilidad significativa en la dinámica de la violencia en México. Ocho de cada diez armas utilizadas en diversos ataques han sido señaladas como de procedencia estadounidense. Si existe flujo de armas desde ese país, además del consumo de drogas y su injerencia en distintos niveles, evidentemente el fenómeno de la violencia continuará.
Es un actor central en esta problemática y, sin cooperación y corresponsabilidad internacional, será difícil frenar el ciclo de violencia.
¿Estamos ante el fin de la “Era de los Grandes Capos” o solo ante el nacimiento de un modelo criminal más invisible y tecnológico?
No considero que sea el fin de los grandes capos. Lo que sí es evidente es que han cambiado las dinámicas del narcotráfico y de la delincuencia organizada desde los años setenta y ochenta hasta la actualidad.
También influye el sistema económico y la globalización. Esto explica cómo ciertos cárteles han alcanzado presencia internacional, diversificando sus actividades y expandiendo sus operaciones más allá de México.
Los grupos criminales operan bajo una lógica empresarial: diversifican mercados, optimizan recursos y aprovechan las herramientas disponibles. En ese sentido, más que desaparecer, el modelo puede volverse más sofisticado, más tecnológico y potencialmente más difícil de detectar.
La tecnología avanza independientemente de quién la utilice, y los grupos criminales también la incorporan en sus operaciones. Por ello, más que invisible, el nuevo modelo podría ser más complejo y con mayor capacidad de adaptación.





